Se enteró de que era adoptada, buscó a su familia biológica y conoció a su papá a los 42 años en Trenque Lauquen

Locales 26 de diciembre de 2019 Por
María Adriana González creció en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Pese a que sus papás se separaron cuando ella tenía 4 años, recuerda haber tenido una infancia feliz y una familia grande, unida y llena de amor. Sin embargo, una pregunta siempre le rondó por la cabeza: ¿Soy adoptada? Recién a los 27, a diez años de la muerte de su mamá, pudo hacérsela a una prima y su vida dio un giro.
Omar Publi
42 años

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“Descubrí que me habían adoptado cuando yo ya era mamá, mi hija Florencia tenía 3 años y Matías, 5. Vino mi prima de Córdoba con sus tres hijos a mi casa, yo tenía una relación especial con ella y, cuando estaban todos los nenes durmiendo se me ocurrió preguntarle, algo que a mí me daba vueltas en la cabeza. Ella se puso toda colorada, empezó a transpirar, nos abrazamos y ahí me dijo que sí, que era adoptada y millones de cosas más, entre ellas, que me quería, me amaba, que era la mejor prima, como sintiéndose culpable”, recuerda Adriana sobre aquella confirmación que le abrió un mundo de incógnitas.

“Desde el primer momento quise saber de mis padres. No sé qué era lo que me motivaba, quizás a quién me parecía, de dónde habían salido mis ojos claros que en mi familia nadie tenía, no sé”, recuerda.

La primera pista se la dio su prima, ella conocía a su mamá biológica ya que la mujer vivía en el mismo pueblo que la tía de Adriana. “Ahí mismo hablé con mi esposo y decidimos ir a buscarla al pueblo, directamente viajar a verla, dejamos los dos nenes con mi suegra, de un día para el otro y emprendimos el viaje”, detalla.

Pero en aquel momento no logró el objetivo. Llegó a la casa de su tía y ella le dijo que la mujer no estaba en el pueblo. Adriana sintió que le estaba mintiendo y fue a ver a su primo, pero él le confirmó que había viajado lejos.

El encuentro con su mamá biológica
Pasaron dos meses y se reunieron en la casa de los suegros de ella. Los hijos de Adriana quedaron al cuidado de sus abuelos, y las madre e hija pudieron tener una charla. “Tocaron timbre, yo salí por el balcón y lo primero que distinguí fue su cabeza, que yo la veía desde arriba reparecida a la mía. Solo el pelo le veía, pero ya me veía parecida a ella”, recuerda.

Adriana tampoco olvida aquel primer abrazo con su mamá, la mujer subió las escaleras y la estrechó entre sus brazos. En lugar de causarle emoción, le dio un poco de impresión porque «era muy flaca”. “Sentimiento realmente no sentía ninguno, para mí era una extraña a la cual nunca había visto”, asegura. En aquel momento, se sentaron a la mesa y, sin dejarle muchas opciones, la mujer le dijo que le quería contar cómo fue todo porque temía que le hubieran contado una versión diferente.

La mujer le reveló el nombre de su papá y le dijo que nadie más que ella lo sabía. Le explicó que lo había conocido una noche en un boliche, que era muy buen mozo, que estuvieron juntos y que jamás lo volvió a ver. Solo sabía que vivía en Trenque Lauquen, pero nada más.

También le contó que, semanas más tarde, se enteró de que estaba embarazada. Casi al mismo tiempo, su hermana también supo que iba a tener un hijo, las dos tenían un embarazo con un mes de diferencia y no tenían pareja. Era una familia muy humilde, el padre pasaba tiempo en el campo y la madre tomó una decisión: “Mi mamá nos dijo que teníamos que dar en adopción a los dos bebés porque ahí no se podían quedar. Así fue que tanto ella como su prima fueron entregadas a otras familias.

“Mi mamá de crianza no podía tener hijos y estaban buscando adoptar. Cuando mi tía se enteró de esta situación, la llamó y le comentó. Así que mi mamá biológica me tuvo en el sanatorio y mi mamá, la que me crió, me fue a buscar ahí”.

Aunque su madre le dio el dato, Adriana no buscó a su padre. Pensaba que tendría una familia y no quería causarle inconvenientes. Sin embargo, pese a que olvidó su nombre, el lugar donde vivía siempre le quedó en la cabeza. Recién varios años después, cuando su mamá estuvo al borde de la muerte, se lo volvería a preguntar.

La relación con su madre biológica continuó, pero era distante: “Mi mamá vivía sola.Tuvo una vida fea, no tuvo más hijos, siempre fue pobre, en una época fue alcohólica», recuerda con tristeza. Si bien no sintió rencor hacia ella, tampoco sentía un cariño propio de una relación madre hija: “Al contrario me daba lástima, era un afecto como el que se siente por un vecino».

El encuentro con su papá biológico

Su mamá biológica tenía una enfermedad de los bronquios. Fue internada varias veces y estuvo muy grave. Adriana consideró que si se moría el nombre de su padre se iría con ella. “Sentí que se podía ir la única persona que sabía algo de mi papá, nadie más sabía su nombre. Y bueno en una de esas se lo pregunté, me dio el nombre, me dijo dónde vivía y yo me lo anoté en un papelito”, revela.

Guardó ese papel durante muchos años, hasta que una de sus mejores amigas le contó la historia a su marido -que era de Trenque Lauquen- y él le insistió para que lo conociera. “Un día le escribí una carta a mi papá, la hicimos con mi amiga y se la dimos su esposo para que la hermana de él se la llevara. Le explicaba todo y mi amiga le puso una foto sin que yo supiera». Finalmente, 15 años después de conocer a su mamá se estaba animando a dar el siguiente paso.

La respuesta se hizo esperar. Como nunca llegó, ella decidió llamarlo a un teléfono que le había pasado la cuñada de su amiga. “El número que yo tenía era de la marmolería donde mi papá trabajaba. Fue un día feriado y justamente él estaba ahí, así que fue una causalidad que me atendiera él”, asegura. En esa charla el papá le manifestó su voluntad de conocerla, pero le contó que estaba pasando una delicada situación familiar porque su madre estaba muy enferma. Sin embargo, le prometió que pronto viajaría a Buenos Aires para conocerla.

Y así fue, un día la llamó y se encontraron. Adriana lo invitó a su casa y él llegó junto a su esposa. “Me parecieron macanudos y en ese momento él me contó que tenía una hija y un hijo”, recuerda. Poco después decidieron hacerse un estudio de ADN. “Si bien había un parecido gigante entre nosotros dos, era lo más adecuado como para quedarnos tranquilos todos”, asegura.

“Yo no lo quería molestar. Antes de hacernos el ADN, vino dos veces más a Capital, también fuimos juntos a La Plata, hasta que llegó el día de ir a sacarnos sangre y, cuando salimos, fuimos a almorzar todos juntos y los invité a todos a mi casa. Conocieron a mi marido, a mis hijos. Sin la respuesta del ADN, ya éramos como familia”.

Adriana recuerda que hablaba por teléfono con sus hermanos y ellos le decían: “Ojalá que seas mi hermana”. Pero en caso de no serlo habían acordado continuar con aquella linda amistad. “Era todo muy divertido, nos reíamos, fue hermoso, con buena onda y mucha emoción, pero de la linda. Yo estaba feliz y hasta me asustaba de estarlo”, confiesa. Además compara esta situación con la que había vivido 15 años antes: “Fue todo muy diferente a cuando conocí a mi mamá, no sé explicar el motivo pero era diferente”.

Llegó el momento de ir a retirar el estudio genético. El papá de Adriana viajó acompañado de su esposa y fueron al Hospital Italiano. “Estábamos ahí sentados los dos, se acercó una chica nos dio una carpeta, nos dijo que el doctor iba a venir a hablar con nosotros. Nos miramos y la chica nos miraba y nos reíamos. Nos dijo que era la primera vez que venían a hacerse un ADN tan relajados y contentos”, recuerda sobre aquel momento lleno de tensión, emoción y expectativas.

“El doctor nos dio la noticia: ‘Espero que estén contentos porque acá tenemos un 99,99 de que son padre e hija’. Nos abrazamos, le agradecimos. Llamamos a nuestras parejas, a nuestros hijos, y era una risa porque nos pasábamos los teléfonos para saludar a la familia”, exclama divertida sobre aquella mañana en la que todas las piezas de su vida encajaron.

Antes de que su papá regresara a Trenque Lauquen, Adriana lo invitó a almorzar junto a su esposa y allí ellos le propusieron viajar para conocer a sus hermanos. Las emociones no terminaban, ella accedió y emprendieron el viaje.

Durante los 445 kilómetros, Adriana y su papá hablaron mucho. Al llegar recuerda una actitud que tuvo su esposa: “Me preparó la cama y me dio un abrazo que es el día de hoy que no me lo olvido. Yo estaba como sola, perdida, porque al otro día iba a conocer a mis hermanos y ella me abrazó fuerte fuerte y me dijo que cualquier cosa la llame”.

El encuentro con sus hermanos

Era el cumpleaños de 5 años de uno de sus sobrinos y le estaban organizando la fiesta en un salón. Adriana conoció a todos ese día: “Terminamos inflando globos como si nos conociéramos de toda la vida”. Sin quererlo, en aquella celebración se convirtió en el centro de atención porque su hermana le había contado a todos su historia.

A partir de ese día, no paró de saludar gente: la hermana le presentaba a sus amigas, el papá a sus vecinos. “Una noche me quedé a dormir en la casa de mi hermana, nos acostamos y charlamos prácticamente toda la noche como si nos conociéramos, nos contamos todas nuestras vidas. Yo me sentía como demasiado contenta, tanto que asustaba”, admite.

La relación con su hermano costó un poco más pero, poco a poco, fluyó. “Hoy el vínculo con ellos es hermoso, al principio iba muy seguido allá, pasamos unas fiestas juntos, ellos venían también seguido acá. Después mi hermano tuvo sus dos hijos, se casó, mi hermana tuvo otro nene más. Yo empecé a tener obligaciones con la llegada de mis nietos y se fueron espaciando los viajes a Trenque Lauquen. Ahora hace un año que no voy”.

Cada tanto su papá viene a Buenos Aires para ir a sus médicos y la visita. Por su parte, su mamá biológica, falleció hace cuatro años.

Adriana no siente rencor hacia ninguno de sus padres. “Yo a mi mamá adoptiva jamás le reprocharía nada. Cuando las psicólogas entendieron que ya podía contarme que era adoptada, ella se separó de mi papá y no quiso decirme nada. Después, pasaron los años y no me lo contó nunca. Pobrecita se murió pidiéndole a toda la familia que nadie me lo cuente”, recuerda sobre su mamá que murió cuando ella tenía 17 años.

A su papá adoptivo no lo volvió a ver después del divorcio, sabe que murió hace diez años, pero sí mantuvo el vínculo con la familia de él y está agradecida por el amor que le dieron. Respecto a su mamá biológica, tampoco le tiene rencor: «Era una nena, tenía 17 años y tuvo una vida horrible”. Y a su papá biológico menos aún, ya que nunca se enteró de que tenía una hija.

Adriana sabe que su historia no es la de todos, pero asegura que para salir en busca de las raíces hay que abrirse a lo que pueda llegar y aprender a no juzgar. Ella siente que, al haberse enterado de todo cuando ya era madre, le resultó más fácil comprender y no se arrepiente de nada. “Valió la pena conocerlos, encontrar mi identidad. Ahora lo cuento tranquila, pero pasé por momentos de incertidumbre, de llanto, y hoy puedo decir que estuvo bueno”, concluye.

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